Las últimas décadas del siglo XIX presenciaron cambios importantes y veloces. La noción de progreso y modernidad nace de la proliferación de inventos que permiten acortar distancias (ferrocarriles), informar más rápido (telégrafo, teléfono, aumento de las publicaciones impresas), producir más (fábricas, aumento poblacional) y vender mejor a través de los contratos entre los países latinoamericanos y Europa y Estados Unidos.
Los países latinoamericanos empiezan a preocuparse por su cultura a través de la creación de museos y teatros. Sin embargo, el concepto de identidad nacional sigue en formación, balanceándose entre su herencia aborigen y la promesa de progreso dependiente del referente europeo. Tratando de alejarse de su pasado, los modernistas tornan su atención a Francia, buscando engendrar un nuevo arte que sea propio de los tiempos que viven, un arte progresista. Así, el modernismo se vuelve un mediador entre el gusto europeo y lo hispanoamericano que, ante los ojos de un modelo europeizante, representaba a la “barbarie”, lo salvaje, lo primitivo.
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