En el Realismo y el Romanticismo la clase emergente, es decir la burguesía que adquiere poder económico y se posiciona en la cúspide de la pirámide social, es plasmada en el arte con gran fuerza. Al ser una clase social nueva, fue necesario crearle una identidad, dotarla de señas que la diferenciaran de las otras. Los burgueses serán retratados en sus conflictos cotidianos y contrastados en las obras con las élites (aristócratas, clero y monarcas) y con el pueblo. En el caso de las élites, serán los títulos nobiliarios los que marcarán las diferencias y, en el caso del pueblo, la manera de vestirse y de hablar.
Las últimas décadas del siglo XIX presenciaron cambios importantes y veloces. La noción de progreso y modernidad nace de la proliferación de inventos que permiten acortar distancias (ferrocarriles), informar más rápido (telégrafo, teléfono, aumento de las publicaciones impresas), producir más (fábricas, aumento poblacional) y vender mejor a través de los contratos entre los países latinoamericanos y Europa y Estados Unidos.
Los países latinoamericanos empiezan a preocuparse por su cultura a través de la creación de museos y teatros. Sin embargo, el concepto de identidad nacional sigue en formación, balanceándose entre su herencia aborigen y la promesa de progreso dependiente del referente europeo. Tratando de alejarse de su pasado, los modernistas tornan su atención a Francia, buscando engendrar un nuevo arte que sea propio de los tiempos que viven, un arte progresista. Así, el modernismo se vuelve un mediador entre el gusto europeo y lo hispanoamericano que, ante los ojos de un modelo europeizante, representaba a la “barbarie”, lo salvaje, lo primitivo.

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